9

Isabel Retamoso: Pedrera

Pensé que todos los años iba a ser lo mismo. 

La puerta no abre fácil porque está hinchada por la humedad. Mi padre la empuja con los hombros hasta que cede, y nos recibe la casa, como un santuario del verano, todavía en los rincones los juegos de playa y la sombrilla vieja y enmohecida.

A la tarde vamos a buscar hongos al bosque. Los árboles negros rodean el frío y nos convocan.

Los sillones verdes destilan salitre, que se pega a nuestros muslos y a nuestras manos; todas las esquinas están hechas de arena.

Mi padre prende el fuego. 

Detrás del crepitar de las ramas aparece entonces, de noche profunda, de mar rabioso, el silencio.

Carolina Silva Rodé: San Salvador

no está claro dónde termina nuestro cuerpo y empieza el calor
gaseoso y el vapor del sudor del asfalto
si pienso en nosotros pienso en nosotros
confundidos con la tormenta de arena
en perros blancos con heridas, un resabio de la sarna
pienso en el frío desértico de desnudarnos en la ruta
en águilas furiosas, en melodías que rebotan
volviéndose eco al recorrer erráticas la luna

cuando hayas muerto tendrás el olor de las rocas
de la vanguardia de la ensenada
el olor de la sal

y el silencio será absoluto en los huecos entre los gritos
y la sal no será sino mis lágrimas
y cuando se erice la piel de mi cuello
no podré más que pensar en tus manos

Francisco Álvez Francese: Parc Monceau

Esta ventisca se llama
la locura de Chartres.
Es la arena egipcia de mi infancia
el cielo sobre el rancho y el sonido metálico
del agua entre las piedras. Yo la miro, quieta como una esfinge
(sus rasgos, borrados por la lluvia,
el eco dulce de otras hermanas olvidadas,
la cicatriz de un golpe de acero o la certera caricia del tiempo):
es para mí todo lo que he llamado historia.
Este mismo instante, el pato que rasga la superficie del agua quieta,
la falsa columna griega.

8

Carolina Silva Rodé: Animal

Con un cuchillo tallado de firme silencio
Afilado sin pausa en las noches eternas
De diciembre y la rabia
Doy muerte suave y exacta al animal más bello del mundo.
Mira orgulloso pero se retoba,
Se deja morir pues la muerte que ofrezco
Es digna y gentil.

Inundan ahora animales menores.
Uno se atreve incluso a apoyar su garra en mi costado,
A dibujar en bordó la advertencia sencilla.
Sé que no quiero ver el cadáver volverse pasta, inmundo regreso a su génesis.
Permanezco, sin embargo.
No tarda la miosis y ya no distingo los límites de la oscuridad.

Mi cuchillo se oxida visiblemente al recibir mis lágrimas.
Vuelvo a precisar del fuego;
Ya no puedo escrutar la noche y debo cauterizar mi herida, la amenaza.
El animal más bello del mundo no tiene pares ni crías.
Magnánimo aún en la muerte, me envuelve en aire denso y me dice
Que respire con el diafragma.

Francisco Álvez Francese: El recordador

Persigo el borde de un recuerdo. Está ahí, puedo verlo, mostrándose casi por completo, como un animal en la bruma de un bosque de ficción. Me mira como un ciervo justo antes de echarse a correr, perderse entre las ramas que lo muestran y lo ocultan a la vez, en un sueño que se parece al espejo en que me miro ahora, tantos días después, con las manos atigradas de sangre, cubierto por un vaho delicado de plantas tropicales.

Son grandes, las plantas, carnosas como las amplias lenguas de los reptiles de invención que guardo en frascos de la infancia, suspendidos en agua mohosa desde hace años, creciendo en silencio, lentamente, amenazando la integridad del vidrio de ese tiempo, ligeros souvenirs de una época en la que todo respiraba todavía. En la que ir al cine contigo era simplemente subirme al auto en el asiento de atrás y contarte cosas mientras miraba las partículas de polvo levantarse en el aire caliente.

Paso el dedo y se retrae como un molusco. Todavía, me dice, no puedo asirlo, ponérmelo en la boca como a un tierno bocado de carne. Es la materialidad lo que se me escapa, lo que siempre parece empujarme al rectángulo de luz que llamamos ventana y es al final todo lo que tengo del mundo: una voz lenta, un hombre de túnica azul tomando un café cada mediodía, el infinito en esa porción de espacio entre la alfombrita y la puerta donde esperan tantos monstruos, como las bocas que veía cuando cerraba los ojos, los animales nocturnos que se sentaban sobre el ropero a verme dormir mientras desgajaban frutas generosas.

Era un desierto aquello: toda mi vida ante mí tendida como una trampa y la promesa de algo cierto al otro lado. Cada hoja leída, cada hora que pasábamos en aquellas cañadas, en el bosque donde vivía tu torpe corazón, en ese raro recodo que ahora limpio como si fuera la redención. Esa esquina de azulejos de ahí atrás donde esperan las arañas es ahora el secreto que habito, donde dejo cada uno de estos instantes que salen de los dedos como temblores y si estoy, si paso y me miro en la ventana que da al patio interior, en la cocina, amasando o sirviendo un vaso de agua, es que no he salido siquiera un instante de ese lugar.

Quiero decir: eso que acaricio ahora para invocarlo, eso que se estremece en las manos como un roedor asustado, es todo lo que tengo de vos, cuando empiezo a decir tu nombre y paso como las horas, detenido en poses claras, frente a pantallas, en sillas, dormido o respirando frente al sol, en ese momento en que las cosas se vacían de pronto y puedo oír perfectamente cómo se rompe.

Isabel Retamoso: Fragmentos

Pequeños pedazos que vuelan por los aires después del golpe y caen mientras me arrastro hasta el otro lado de la habitación. Me acuerdo de una pesadilla de niña, de morir atravesada por una copa rota, de romper el vidrio con los dedos y clavármelo en el corazón. De ver la figura negra, larga y femenina del desamparo chillando en el rincón del cuarto. O mi cuerpo derrumbado en algún pastizal extenso y verde y magnífico hasta darme cuenta de que debajo de la tierra anidan miles de gusanos, de otras vidas escapando por las grietas de tierra seca y alimentándose de mi piel. Golpes de furia atravesando la mandíbula, tomando los tobillos como un espectro del pasado y rozando los poros para recordar que aún sigue ahí, que aún no se ha ido. 

7

Francisco Álvez Francese: Las cosas

1

¿Oís la voz atemperada de las cosas?
Es un susurro imposible
—las cosas no hablan—
que irrumpe de pronto como un relámpago en un día de verano.

Alcanza prestar oídos para sentir como un eco
(“ya no hay lugar al que volver”)
la palabra de la cosas.
¿La oís ahora? Está hecha de silencio.

Porque las cosas siempre dicen-nunca dicen
su fin: se consumen en sí mismas (la montaña se muerde las rodillas
hasta que es polvo en el viento y el zorro se deja
confundir con el asfalto del camino) o
arden en su redondez como la lámpara del estar,
hecha añicos por mano propia.

2

Las cosas se ponían en fila sobre la página para recibir la palabra,
que era un nombre común, de los que encontramos
en cualquier lado.

Eso se llamaba orden,
aquello el principio, corazón, nudo,
pecho, espacio, candelabro, mesa,
testigo, cielo, espejismo, paciencia.

Estaban ahí. Es decir, sabían estarse quietas,
atentas a todo,
para recibirnos. Y nosotros supimos oír sus lamentos (están mudas
de duelo)
sólo en el instante en que nos separamos, cuando dejamos de sentir
con intensidad el golpe de la sangre en los oídos.

3

Estas cosas,
pasado el sentido, quedarán.

Consigo mismas, mirándose absortas las uñas,
esperando: el tiempo será lo único que cuente.

Carolina Silva Rodé: Jonás

íbamos a irnos, pero la ballena
cerró de pronto su boca inmensa y quedamos atrapados.

nos envuelve el calor pútrido de dentro del cuerpo
una fiebre ajena y ubicua

no tenemos hambre, frío ni sueño
todo ha sido reemplazado con la paciencia

se difumina poco a poco el tiempo
es “antes” lo que aún no ha sido
y lo que fue no lo recordamos ni sabemos con certeza
si vendrá

cuando el gigante cadáver sobre nosotros comience a deshacerse
si queda entonces alguien para encontrarnos
encontrará nuestros cuerpos vivos
y nuestra mirada animal.

Isabel Retamoso: Estable

Ella dijo bien, se limpió el maquillaje, me miró a los ojos, como si me conociera, como si yo la conociera a ella. Tomó sus cosas, dijo bien, levantó lo que quedaba de la pelea, se metió los dedos en la boca. El rímel le pintó curvas oscuras abajo de los ojos. Me lamenté. Ya te extraño, dije. Ya te extraño, pensé. Hace días que no estás. Ella rió. Se metió los dedos en la boca. Me lamenté. 

Se metió los dedos en la boca.

Ahora soy feliz, dijo. Ahora soy estable. Soy normal. El monstruo se dio vuelta. La loca ya no existe. Esta soy yo. Esta soy yo, dijo, rió, esperó el ómnibus conmigo. Me dijo, sí, salí con él. Yo pensé, qué dirá sobre mí. La contemplé de costado. Ella miraba la calle. El gorro le tapaba toda la frente, hasta las cejas. La recordé con los ojos cerrados.  

Ahora estoy bien, dijo. Esto es lo que buscaba. Nada se va a derrumbar. En mi futuro nada parece a punto de derrumbarse. Antes sí. Ahora no. ¡Ahora no!

Ahora estoy bien. Ya no soy eso.

Se metió los dedos en la boca.

Yo ya no soy eso, dijo. El abrigo le quedaba grande. Sonreía. Me miró. Como si sus ojos estuvieran cavando mi iris. Como si pudieran ver detrás de la seguridad y detrás del llanto. Como si pudiera verme. 

Como si se bamboleara delante de mi espejo.

6

Isabel Retamoso: Humo

La escena vuelve sin parar, no termino de nombrarla. Mi madre nos toma de la mano a mí y a mi primo y entramos los tres al agua. Vemos cómo el humo se eleva del otro lado de las dunas. Fue una época de muchos incendios. Mi madre canta, nosotros reímos, saltamos; en el fondo sé que tenía miedo. Y el humo trepa por detrás de las dunas blancas, el cielo está espeso, o no, o brilla un sol insoportable—fue una época de muchos incendios. Y nosotros cantamos, llamamos a los bomberos—pero si es que nunca vi un bombero—, mi madre nos toma de las manos y nos salva del fuego.
En la vuelta a casa vemos el auto vuelto esqueleto, el asfalto caliente recibiendo aún los restos de chapa quemada
el olor a muerte
a residuo tóxico
—¿será por eso que Nacho se volvió ecologista?—
avanzamos, no nos detenemos a mirar los fragmentos del desastre
—pero cómo me hubiese gustado, meter la cabeza en el hierro caliente e inspeccionar cada centímetro, el fieltro derretido contra lo que supieron ser los asientos, el motor devuelto pulmón canceroso, sentir la tragedia latiendo dentro del humo.

Francisco Álvez Francese: Montevideo

Hay pocos gestos
más vanos que decir ahí está Montevideo
mientras se señala un claro entre los árboles
o una llama encendida de pronto.
Porque si la historia corre como rieles paralela a la llanura
la memoria es el rayo que espanta al ganado
lo dispersa en un galope torpe de animal herido.

Si veo entre las páginas sonar la temperatura precisa
de una mañana cerca de la rambla
a la espera de un ómnibus
de Montevideo
puedo despertarme y decir ahí estuve. Ahí quedé
y ahí quedó mi brazo, apenas horizontal,
como el bostezo en el instante de la fotografía.

Y si vemos, si Camila ve los cerros
y deja pasar un instante le diré
mirá el color del aire y estas son montañas.
Y la masa de guijarros y raíces podrá estirarse,
volver los pies sobre la arena,
darse una vez más al viento.

Carolina Silva Rodé: Desafío

el gorjeo insufrible de un pájaro que amanece
atraviesa el monte sin cuidado
y bate las orejas de un gato que se ha dormido
para postergar la muerte

su costado dividido por una herida lenta pero sin remedio

otro animal, tal vez
un perro doméstico,
siente pena, se relame y gruñe
al reconocer la mirada vertical que lo escruta en auxilio

no sabe matar aunque quiera hacerlo
no sabe hendir sus colmillos en carne viva
no conoce el olor de la sangre que aún mana

el desafío del gato es inconcebible
no podrá aprender nada a tiempo

5

Tres poemas de amor

Carolina Silva Rodé

caminamos mil kilómetros
para pararnos entre las cosas de los muertos
para mirarlas con reverencia y llorar
el propósito que tuvieron

si pudiéramos las bañaríamos en agua salada
para que recuperen el olor de lo funcional
y mientras se secan en la arena hirviendo
miraremos a nuestros hijos y trataremos de explicar
que ya no pensamos
las cosas que decimos

ya hicimos todo varias veces
y lo haremos de nuevo cuando yo sea mejor

Isabel Retamoso

Miro sus manos y las conozco tanto como las mías. Envuelve la palma, abraza los poros y promete recordar. Y yo cierro la puerta, para no dejarlo entrar de nuevo, no por hoy, al menos puedo pedirme eso, no por hoy y no otra vez. Pero conozco su mano, los dedos oscuros enlazados a los míos, juncos largos balanceándose contra mi respiración. 

Miro sus manos y resquebraja la cal del rencor que acumulo, si es que las conozco tanto como las mías. Y su cuerpo se sigue sintiendo extraño, cuando revisito sus muslos toscos; es violento, no siento placer cuando yazco debajo suyo.

y su nombre está envuelto en vapores tétricos; corren insectos por mis manos y él no pregunta si es que duelen; siempre se está yendo.

Quisiera saber cómo es que se siente la piel de los otros, si también la odiaré después de un tiempo. Si trabajaré el cariño con esta misma ansia hasta volverlo obligación para mi historia, mito pulverizante y lejano que me permita la soledad. Si es que cuando el tacto deje de hervir me volveré otra vez arpía, chillando resentimientos por entre los dientes, si odiaré con el mismo ímpetu con el que ahora ramifico mi tragedia. 

Francisco Álvez Francese

Eran esas las palabras que te podía decir
sin que sonara trivial: palabras algunas simplísimas
como mesa o espejo
que veías con claridad, podías sostenerlas y tus manos
brillaban, encendían la habitación.

Cada vez que yo empezaba a hablar
vos te dormías y yo era devorado cada vez.

Porque teníamos una manera de entendernos
a través del reflejo del metal, la noche azulada pegando en la superficie
de la pantalla del celular,
lluvia de estrellas cuando cae de punta y se desbloquea
contra el suelo.
Y así es cuando empiezan a fundirse sábanas, cubiertos, azulejos.

Qué podíamos hacer entonces si el mar era una sustancia impronunciable:
su nombre lo dejábamos olvidado todo el tiempo
y volvía cuando creíamos que ya no estaba entre nosotros
como un encantamiento.

Era el sonido el que nos avisaba
cuando de pronto se iba la voz y abríamos los ojos cansados,
nos tocábamos como para entender dónde terminaba el cuerpo
y cómo estaba acá la noche acostada de nuevo,
ocupando el espacio que guardamos al sueño.

4

Carolina Silva Rodé: Para evitar un error

Los árboles a nuestro alrededor crecen
romboides, y luego giran
Y cambian:
No intentemos predecir el follaje ni el otoño

Mira mi cicatriz que se abre mientras hablo
(Estaba ahí para indicarme silencio)
Y hablo y ella la mira y ve asomarse la punta
bifurcada de una rama
Bifurcada

La herida retrocede mientras se abre,
un viaje en el tiempo de todos mis tejidos
La sangre ya no mana
Y si tuerzo el torso puede seguir creciendo la
rama mientras me abre
Indefinidamente, sin jamás tocarla a ella,
Que ya mira de reojo, recelosa
A nuestros árboles

Sofoco su pavor con una flor grande y húmeda
Le digo lo que yo siento no es
Necesariamente
Lo que pasa

Isabel Retamoso: Actual chorolo / Pudorosa

Estaba todo bien, pero qué horrible los hombres de musculosa y el frío y el sudor pegajoso y la posibilidad de que tuviera novia, y sí, qué iba a decir yo, qué le iba a decir jamás yo con las piernas y los pelos y la porno que venía rebotando hacia horas y los calores que se me estaban subiendo con la conversación que había pasado a ser sobre tensión sexual y entonces pudiendo sentirla, sin saber bien con quién pero totalmente consciente de que estaba ahí, por algún lado, empezando a derretirse de a poco en los asientos y dejándose ser hablada; yo que soñaba despierta con una ducha caliente y una mano tibia pasándome la crema analgésica por las contracturas—antiinflamatorio, analgésico local— y, todo bien, podía aguantar los olores, y el eructo, y el chorizo cantimpalo, y a mi primo repitiendo una y otra vez la palabra chorolo y yo acordándome de la pibita esta, la que le había escrito a mi amigo “vamos a comer esos chorolos” y mi amigo que había fumado tanto porro y que no sabía si era un eufemismo para sexo oral o si realmente decía de ir al carrito de la esquina a comer un actual chorolo, y qué palabra espantosa, solo podía significar eso, ¿no?

*

Y estaba todo bien. Es decir, sí, obvio, sabelo, no me molesta que tengas aliento a mayonesa. Sí, está todo bien, y ontológico endogámico y lo que quieras, la verdad es que sí, tenés razón, sos un tipo muy inteligente, posta, un tipo muy crítico muy críptico, y mientras tanto yo, fa, qué ganas de enamorarse y de que te quieran, qué ganas de estar sentadita en el sofá esperando que pase la repetición del cantimpalo y del vino y de la cerveza añeja; y los pelos y la musculosa y las piernas heladas, pensando en que yo nunca podría generar tensión sexual, porque soy tan dura, o tan blanda, o tan firmemente cobarde; nunca le escribí a nadie vamos a comer esos chorolos, la verdad es que soy muy pudorosa.

Francisco Álvez Francese: Diario de la grève (poema satírico en trece partes y un proemio)

La abuela puso las lentejas en remojo,
se secó las manos en el delantal (primero el revés y después las palmas)
y señaló un punto de sombra más allá de la cocina:
ahí está, me dijo,
el Primer Mundo.
Y yo ansiaba eso: la sangre caliente de los ganados,
como un ruido sordo sobre la pampa o la página,
el murmullo de los ríos o de las procesiones,
la respiración de la computadora cuando se queda quieta.

1

Y alguien murmuró
esto que pasa por el cielo claro (como un relámpago en una tarde estival)
es la eternidad.
Todos dejaron de trabajar al instante
(ruido de herramientas, martillos y lápices,
contra el piso)
y miraron hacia arriba, las manos por viseras,
a la estela brillante que dejó la eternidad,
como Ho-Oh en lo que hay de inalcanzable de mi infancia.
Había que verla pasar:
tenía garras afiladas y, como Ho-Oh en lo que hay de inaclanzable de mi infancia,
plumas brillantes de colores maravillosos.

2

Y todos dijimos,
con la cartebleu bien aferrada:
eso es lo que queremos conquistar.
Pero después cayeron adoquines de los pisos altos
y hubo humo y sirenas y noches sin dormir.
Y hubo la pesadilla inmediata:
¿qué hacemos con los hookups?

3

La maquinita de levantes se puso a contar al revés:
restó los kilómetros y lo dividió por metros
y luego empezó a unir lo incompatible y a disolver lo indisoluble.
Las nudes saturaron las habitaciones transparentes.

4

Pero había un problema: dónde iba la plata en números
por dónde corría, qué camino tomaba cuando había tanta gente ¡tanta gente!
en la calle.
Hombres y mujeres se mudaron a sus hoteles
para poder contestar el teléfono ardiente a todas horas
y las avenidas se llenaron de hojas y bicicletas.

5

Ya se sabe lo que pasa cuando mucha gente se mueve:
las piernas se cansan.

6

Estábamos todos solos.
Nos mirábamos las manos atentamente cuando se estiraban
con un billete doblado
para pagar un café.
Hablábamos bajo, absortos en la nube musical,
intercambiábamos cosas: dábamos y recibíamos
vasos con alcohol, pastillas, vapes, porros, puchos
y un melancólico polvo blanquecino.

7

Estábamos despiertos a toda hora
porque el límite del mundo era claro.
Nos dejamos arrastrar por los museos, indolentes,
swipeando obras, murmurando putain
merde
carajo.

8

Saloperie
decíamos: anulación, bloqueo, silencio. Todo se transmitía
en cintas a rayas
blancas y rojas
cerrando el paso.

9

Pero podíamos entrar por el agujero que se había abierto,
por el espacio del grito que llamaba
con voz de comunero, bajo las sábanas.
Al final, las cosas ciertas no eran sino una postergación de la verdad.

10

Y quién tenía el control de los metros automáticos
y quién dirigía el tránsito de avispas por el bulevar Haussmann
quién encendía las luces navideñas cuando caía la tarde
abría las puertas al norte, al este, al oeste y al sur
quién dejaba pasar a los mensajeros con las manos llenas de cartas y paquetes
quién respondía los emails
recibía a los turistas con los pies cansados
abría la puerta de las embajadas
quién traía café temprano, ponía la mesa, levantaba cajones de manzanas,
empezaba las oraciones, ponía los puntos

11

Pero las cosas siempre (siempre)
se cobraron ellas solas: la plata siempre (siempre)
vivió su vida en sí misma, guardada en cajas imaginarias
o corriendo como una sangre traslúcida.
Siempre fue la esfera perfecta que se hace a sí misma
y a sí misma se consume.

12

Había sólo una cosa tangible:
las bibliotecas eran, cuando abrían,
el paraíso de los creyentes.

13

Y en la estación subíamos escaleras desconcertados
perseguíamos trenes
tímidos
doblábamos abruptamente, para chocar con otro cuerpo,
el cuerpo de otro que se volvía tan real de pronto como el fuego en la televisión
como el vidrio roto de una tienda
como el gran cartel que decía “Es tanta la mierda
que ya no sabemos
qué escribir”.

3

Francisco Álvez Francese: Rapto

Le dicto una historia imposible de romanos y vikingos, que olvido entonces y ahora no recuerdo. Él profesa el amor de las bellas palabras, que irrumpen en este instante, después de tanto tiempo (como la noche de repente), y libera un adjetivo —inhóspito— que tiene ya el lejano sabor de la magia del descubrimiento, cuando todo era nuevo,
de una fruta o después de la sólida disposición del mármol, de los caballos en batalla bajo la arena y ahora expuestos por fin al aire quieto del museo, del baile delicado de la voz cuando separa en sílabas Bu-cé-fa-lo y todo tiene un color dorado por la historia,
que es el conjunto feliz de tardes sobre las piernas de mi abuelo, bajo árboles generosos de sombra, mientras suena un agua intensa de nombres que guardaba como piedras y hoy saco de la bolsa para verlos:
el león en el mausoleo de Halicarnaso, la mano ligera de Hermes que pasa en vuelo, pagodas de la China, el sol de Cuzco, atardeceres en Pérgamo o Damasco y esos peces del mosaico ahí enfrente, más vivos que todo lo que toco o las bocas de las carpas oscuras que atraviesan, para respirar,
la superficie del arroyo traspasado desde abajo por los juncos y, si cierro los ojos, por las ramas flexibles de los sauces
en la orilla del río Guaviyú.

Carolina Silva Rodé: 🌄 

Recuerdo rasgar el muro con mis uñas cortas
Sentir contra mi espalda el viento acelerado
En la rotonda

El muro inmóvil como los muros
Pero algo blando, permeable

al otro lado del muro los animales salvajes
Hermosos, imponentes
Y pesados, pero podridos y muertos.

Cuando asomé vi algunos aún brillantes
Como estéticamente vivos
Algunos ojos aún no terminaban de moverse y
De asentarse en el tedio irresoluble
De la muerte

Pensé que no había muerte más amena
Que la pila de cadaveres asemejados
Que los colores vibrantes cubiertos en sangre seca y en barro

Si tuviera que elegir una muerte sería esa
La muerte suave y orgullosa de haber luchado
De haberme entregado
A los dientes hábiles
De los nuestros
Los párpados rotos o arrancados
Invitándome a verme
Para siempre en el vidrio opaco
En los cráneos de mis hermanos

Isabel Retamoso: Infancia

Lo voy a dejar recomponer mi infancia. Que enrede sus manos largas en la arena blancuzca hasta volverla asfalto, que al perforarla descubra los berberechos que anidan bajo la superficie. Hundirá las yemas en mi frente, entre mis cejas. Mis pies estarán cubiertos de tierra, mis nalgas machucadas por caerme en las gredas; algún día mi pelo volverá a ser rubio, y cuando venga el agua y me lleve, recordaré que este lugar supo ser hermoso. Con el cielo azul y las casas blancas y la tierra negra. Con las dunas y los árboles y mis primos ahuyentando la muerte. Con la ausencia; todavía estoy llorando a mis padres. Recordaré que este lugar supo ser hermoso, la casa blanca y húmeda y mi tía carmesí desnudándose en el galpón. Voy a dejar que intente recomponer mi infancia, que trate de envolver con sus manos manchadas el agujero que alimento entre mis costillas, que trate de asir la pena. Vendrá y yo confesaré que esa niña no sabía hablar. Y cuando crea saberlo todo, cuando piense descubrir en mis ojos el motivo de la melancolía, cerraré finalmente la puerta, dejando atrás la memoria de quien supo ser rubia, de un padre trepando rocas y arrancando mejillones y de una tía hace años desparecida vistiéndose en el galpón. Y el agua se volverá gris, como siempre fue, gris y helada, y el cielo se espesará sobre nuestras cabezas y recordaré entonces que este lugar hace tiempo dejó de ser hermoso y hace tiempo dejó de ser mío.

2

Isabel Retamoso: Frágil

mamá me dice que soy frágil, que se me hace difícil soportar estas cosas. me gustaría contradecirla, quitarle la verdad de la boca y demostrarle que por una vez en la vida está errada, pero tengo el cuerpo deshilachado de la angustia y los labios hundidos por el peso del dolor. y me sé frágil, acurrucada en el borde del colchón como un perro malherido, con la mezclilla de la ansiedad repicándome en la frente. arbusto anémico, no hago más que dibujar mi desgracia con la lengua. a veces siento que la sangre me baja tanto que podría reventarme los dedos de los pies. será una tristeza gangrenosa. una tristeza trabajadora, de abdomen agujereado y dientes rotos. tristeza venida de afuera, vergüenza pegajosa; desearía poder liberar mi garganta sofocada. mamá me dice que soy muy frágil. no sé dónde es que está el alivio. mi ombligo se extiende y lo abraza todo. embolsa mi universo entre sus pliegues, y yo, que encontré la calma en la posición fetal, le hundo la nariz hasta perderme entera dentro.

Francisco Álvez Francese: Adéu

Eras el eco alegre en el patio gótico
el agua que baja la montaña
un rojo apenas apagado contra la pared del templo.
Eras la plaza de elásticas palmeras
un clamor discreto de paseos y avenidas,
la casa de animales, el bosque techado,
el secreto de las calles angostas
olor a chocolate y libros,
la rosa del amanecer y el dragón nocturno

pero yo bebí la luz opaca
de tu herida, que es fuego en la boca,
voz de cárcel, la puerta cerrada a todo momento a los que miran,
los ojos siempre fijos en la manecilla
anhelando verla aparecer,
apretando papeles, órdenes, en los puños.

*

El que espera conoce las puertas,
cada nombre, número, el lugar que corresponde a las cosas,
el color de la tinta, el sonido que hace una tijera cuando corta, una hoja cuando cae,
el espacio entre el suelo y el lado inferior de la silla
la temperatura de las baldosas,
la respiración apagada de las polillas, la intensidad de la luz de cada habitación, la densidad exacta del agua,
el tiempo que se demora en abrir bien la ventana y el que demoran las piernas que van y vienen por el corredor, crujientes de papeles.

Y ahora estás, caja absurda,
con tus trancas por fin expuestas como la prisión que siempre supiste ser,
como las delicadas piezas de tortura
hechas para cerrarse.

Carolina Silva Rodé: Cringe

los pies del zorro cimentados en desprecio

se aleja su presa
se acercan los pasos de sus captores

se cierne sobre ambos la putrefacción
de los muertos de los
otros zorros que tampoco pudieron 
sacar las patas de la espesura de la
densísima opresión 
como barro en las almohadillas

muerde el zorro sus huesos flacos
la sangre es aguda y se escapa y se mezcla
con el barro mientras mastica
lo que queda de su rodilla
el dolor es despreciable
el olor 
gime sobre los aullidos

me iré 
arrastrando los muñones o
me quedaré a morir

1

Carolina Silva Rodé: Mital

2014

“Mital” aparecía como tecnología obsoleta: un VHS, un walkman, y desplegaba un aura metálica que convertía todo en parte de un universo plástico, cuyo lenguaje, también metálico —un adjetivo que describe muy bien todo lo que estaba pasando—, cobrizo pero no del color del cobre, ya se había apropiado de muchas de mis palabras. “Al final”, quise decir, pero “señal” dije. La palabra me rehuía. “Señal, miñal, fiñal”, seguía. En mi mente la palabra original substistía, escondida abajo de alguna de las nuevas. Peñasco. Un cable tensado y plateado recorría regularmente todos los espacios imaginables, limpiaba, arrastraba, traía más “ñ”s cosmogónicas y poderosas. Dos palabras majestuosas en tamaño y sonoridad venían a mí intermitentemente y las supe arquetípicas: todo era “peñoro” o “peñada”, todo pertenecía a uno de esos eternos subconjuntos de un todo mayor. Desértico, metálico y pastoso era el mundo mientras yo intentaba llorar por mi lenguaje, que me robaban sin decoro, pero sabía que si lloraba mis lágrimas serían de óxido y permitiría a ese idioma endemoniado salir, apoderarse también de lo de afuera. Yo, débil como estaba, era única responsable de mantener el lenguaje, la propia facultad del lenguaje de todos, a salvo del Mital, que invadía.

cuando vuelva el Mital,
que no es sino otra
forma del miedo,
pues que vuelva, cantamos

y nos tome por la espalda
y enseguida lo volveremos
feo y diacrítico
y con su muerte construiremos alas

¿lloraste alguna vez
en Copenhague?
ahí dicen que estás y no puedo imaginarte
los ojos secos

construí una barricada
y no hay manera de que vuelvas

comandancia
neptuno
doble muerte
avenida de las leyes
ámsterdam y el cielo

una corta visión de la verdadera velocidad del tiempo
una fértil ambición del mundo atrás del mundo
atrás del mundo atrás
de la vida
¿lloraste alguna vez
en Copenhague?
si esa lágrima en Europa
me avisa:
entonces, que nadie sepa que he muerto

Isabel Retamoso: Carlos

Reconoce en mí algo que nadie más

—mi capacidad destructora, acaso, por eso tranca el pasaje con sus piernas gruesas, por eso saca los dientes cuando entro a la casa, marcando con el pie el ritmo de los pasos que me llevan alcanzar la puerta y escapar de él—.

No tiene dudas al sospechar que soy mala, que traigo el desastre, si desde que llegué huelo el resentimiento con el que me analiza, cómo es que se niega a dejar entrar a mis invitados; será que con su mirar felino reconoce las líneas rojas de la desidia rodeándolos, los rencores que nos atraviesan, el sexo mal resuelto de nuestros contactos, 

y es porque tiene la boca gigante que no duda en gritar sus advertencias, deslizar su descontento desde su trono de espigas, hacer saber al mundo que estoy dejando entrar demasiados hombres a mi casa

—y está en lo cierto, pero  ¿qué puedo hacer? ¿invitarlo a oler las sábanas para convencerlo de mi inocencia? 

o es que eso me acercaría más al borde de ese infierno que él resguarda, cuando revienta sus llaves contra los barrotes de mi celda—;

que estoy dejando entrar demasiados hombres a mi casa, con las bicicletas y los rulos y las ganas de dejarme; es él quien les abre la puerta y nunca más los ve volver, es él quien nota como apestan el pasillo a vino y decepción; capaz es esta su forma de cuidarme, pedirme por favor que me proteja

(más de una vez me dijeron que mi cuerpo es un templo, yo lo reconozco más como un tronco devorado por las termitas, digno aún pero agujereado, pronto para contagiar su enfermedad)

que me cuide de los varones que son bestias, que son malignos, 

—y yo que solo puedo contemplar el hueco que dejan sus cuerpos sobre mi colchón desvencijado—

que van a hacerme mal, que van a lastimar a otras, a las señoras, a sus perros y a sus maridos. 

Guardián de mi entrada y salida, quien tiene el poder de desterrarme de mi reinado, me cede la cuenta de UTE, la de Antel y los gastos comunes y me dice, empieza a hacer calor y ya salís de pollerita, ochocientostrés.

Francisco Álvez Francese: Sequía

1

En la boca es barro espeso
la nube de tierra, blanca
árida, casi invisible
que se aferra a los pantalones, llena los pulmones
y obstruye la voz.

Entre las piernas es el cielo pequeño que empieza por levantarse
de a poco y se va formando sobre los cultivos
—la tierra ordenada, los arduos tomates, las calabazas en la oscuridad parcial de la glorieta,
las espinacas y la invisible remolacha, en un silencio atroz de sol encendido.

Caminamos por ese blanco,
figuras estiradas que a lo lejos lanzan chispas.
Un discreto halo nos señala: la sombra que proyectamos
sobre el polvo de densidad evanescente,
extracto de piedras que adquirimos
a cada paso.

Dejamos atrás las galerías de árboles, las esculturas, el alto laberinto, el grito de los cuervos,
la exuberante humedad domesticada, asfixiante, y la quietud final
de las flores apiñadas: nos recuerdan,
brújulas perversas,
que ya estamos siempre afuera.

2

Vuelvo a entrar al silencio. Las cosas organizadas así, dispuestas así por alguien, brillan secretas. Esta vez son piedras, pero podrían ser alas de mariposas soñadas o entrevistas, cucharas con restos de azúcar blanca, un autito de juguete recién sacado del envoltorio plástico. Ahí están y en ellas gravita el nombre, letras secretas que se desprenden del aire que las rodea. Son fantasmas sólidos que respiran callados, casi sin moverse, contando lentamente los segundos. Como un niño: como el niño escondido detrás del esqueleto de caballo, planta monstruosa, hace veinte años o más, quieto, atento, listo para correr. Y pasan en la piedra las manchas rojas, las gacelas saltando por la sabana seca, el sonido de un gorrión, un patio pequeño, hecho de aire cuadrado. La voz lejana y el parral, una campanita imitando el sonido de una campana. Todo el tiempo se sostiene así: como el polvo imposible sobre las piedras limpias —malaquita, obsidiana, amatista, el resto de un meteorito que rompió la atmósfera y el oro de los Incas. El libro blanco sobre las piernas del que lee lentamente una fábula de manzanas y prodigios. Ahí está todo: su voz dramática se detiene y comenta, agrega detalles a los viajes del héroe, salta párrafos cuando me aburro, se ríe y se entusiasma con el progreso de la acción. No deja un solo instante contaminarse. Hace calor y el perro está por ahí dando vueltas, arrastrando los pies de cansancio y no entiendo la diferencia entre eso, entre ese perro casi ciego en mi memoria y el que reconoce a su dueño que al fin vuelve. Por las hamacas van creciendo las orquídeas sin que las veamos y hay algo que se ha roto. El ticket sale de la máquina con un crujido verde y entro. Las piedras esperan, inmensas, traslúcidas, brasileñas. Unas brillan como las noches, el cielo despejado de la noche estival, los hielos en el vaso, una voz que murmura algo mientras aprieta con la mano una bolsita. Es de pronto nuestro el secreto, una risa que se siente para decir. Bajar la escalera apurados, conteniendo la respiración. Subir el repecho. Entenderlo.