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Carolina Silva Rodé: Mital

2014

“Mital” aparecía como tecnología obsoleta: un VHS, un walkman, y desplegaba un aura metálica que convertía todo en parte de un universo plástico, cuyo lenguaje, también metálico —un adjetivo que describe muy bien todo lo que estaba pasando—, cobrizo pero no del color del cobre, ya se había apropiado de muchas de mis palabras. “Al final”, quise decir, pero “señal” dije. La palabra me rehuía. “Señal, miñal, fiñal”, seguía. En mi mente la palabra original substistía, escondida abajo de alguna de las nuevas. Peñasco. Un cable tensado y plateado recorría regularmente todos los espacios imaginables, limpiaba, arrastraba, traía más “ñ”s cosmogónicas y poderosas. Dos palabras majestuosas en tamaño y sonoridad venían a mí intermitentemente y las supe arquetípicas: todo era “peñoro” o “peñada”, todo pertenecía a uno de esos eternos subconjuntos de un todo mayor. Desértico, metálico y pastoso era el mundo mientras yo intentaba llorar por mi lenguaje, que me robaban sin decoro, pero sabía que si lloraba mis lágrimas serían de óxido y permitiría a ese idioma endemoniado salir, apoderarse también de lo de afuera. Yo, débil como estaba, era única responsable de mantener el lenguaje, la propia facultad del lenguaje de todos, a salvo del Mital, que invadía.

cuando vuelva el Mital,
que no es sino otra
forma del miedo,
pues que vuelva, cantamos

y nos tome por la espalda
y enseguida lo volveremos
feo y diacrítico
y con su muerte construiremos alas

¿lloraste alguna vez
en Copenhague?
ahí dicen que estás y no puedo imaginarte
los ojos secos

construí una barricada
y no hay manera de que vuelvas

comandancia
neptuno
doble muerte
avenida de las leyes
ámsterdam y el cielo

una corta visión de la verdadera velocidad del tiempo
una fértil ambición del mundo atrás del mundo
atrás del mundo atrás
de la vida
¿lloraste alguna vez
en Copenhague?
si esa lágrima en Europa
me avisa:
entonces, que nadie sepa que he muerto

Isabel Retamoso: Carlos

Reconoce en mí algo que nadie más

—mi capacidad destructora, acaso, por eso tranca el pasaje con sus piernas gruesas, por eso saca los dientes cuando entro a la casa, marcando con el pie el ritmo de los pasos que me llevan alcanzar la puerta y escapar de él—.

No tiene dudas al sospechar que soy mala, que traigo el desastre, si desde que llegué huelo el resentimiento con el que me analiza, cómo es que se niega a dejar entrar a mis invitados; será que con su mirar felino reconoce las líneas rojas de la desidia rodeándolos, los rencores que nos atraviesan, el sexo mal resuelto de nuestros contactos, 

y es porque tiene la boca gigante que no duda en gritar sus advertencias, deslizar su descontento desde su trono de espigas, hacer saber al mundo que estoy dejando entrar demasiados hombres a mi casa

—y está en lo cierto, pero  ¿qué puedo hacer? ¿invitarlo a oler las sábanas para convencerlo de mi inocencia? 

o es que eso me acercaría más al borde de ese infierno que él resguarda, cuando revienta sus llaves contra los barrotes de mi celda—;

que estoy dejando entrar demasiados hombres a mi casa, con las bicicletas y los rulos y las ganas de dejarme; es él quien les abre la puerta y nunca más los ve volver, es él quien nota como apestan el pasillo a vino y decepción; capaz es esta su forma de cuidarme, pedirme por favor que me proteja

(más de una vez me dijeron que mi cuerpo es un templo, yo lo reconozco más como un tronco devorado por las termitas, digno aún pero agujereado, pronto para contagiar su enfermedad)

que me cuide de los varones que son bestias, que son malignos, 

—y yo que solo puedo contemplar el hueco que dejan sus cuerpos sobre mi colchón desvencijado—

que van a hacerme mal, que van a lastimar a otras, a las señoras, a sus perros y a sus maridos. 

Guardián de mi entrada y salida, quien tiene el poder de desterrarme de mi reinado, me cede la cuenta de UTE, la de Antel y los gastos comunes y me dice, empieza a hacer calor y ya salís de pollerita, ochocientostrés.

Francisco Álvez Francese: Sequía

1

En la boca es barro espeso
la nube de tierra, blanca
árida, casi invisible
que se aferra a los pantalones, llena los pulmones
y obstruye la voz.

Entre las piernas es el cielo pequeño que empieza por levantarse
de a poco y se va formando sobre los cultivos
—la tierra ordenada, los arduos tomates, las calabazas en la oscuridad parcial de la glorieta,
las espinacas y la invisible remolacha, en un silencio atroz de sol encendido.

Caminamos por ese blanco,
figuras estiradas que a lo lejos lanzan chispas.
Un discreto halo nos señala: la sombra que proyectamos
sobre el polvo de densidad evanescente,
extracto de piedras que adquirimos
a cada paso.

Dejamos atrás las galerías de árboles, las esculturas, el alto laberinto, el grito de los cuervos,
la exuberante humedad domesticada, asfixiante, y la quietud final
de las flores apiñadas: nos recuerdan,
brújulas perversas,
que ya estamos siempre afuera.

2

Vuelvo a entrar al silencio. Las cosas organizadas así, dispuestas así por alguien, brillan secretas. Esta vez son piedras, pero podrían ser alas de mariposas soñadas o entrevistas, cucharas con restos de azúcar blanca, un autito de juguete recién sacado del envoltorio plástico. Ahí están y en ellas gravita el nombre, letras secretas que se desprenden del aire que las rodea. Son fantasmas sólidos que respiran callados, casi sin moverse, contando lentamente los segundos. Como un niño: como el niño escondido detrás del esqueleto de caballo, planta monstruosa, hace veinte años o más, quieto, atento, listo para correr. Y pasan en la piedra las manchas rojas, las gacelas saltando por la sabana seca, el sonido de un gorrión, un patio pequeño, hecho de aire cuadrado. La voz lejana y el parral, una campanita imitando el sonido de una campana. Todo el tiempo se sostiene así: como el polvo imposible sobre las piedras limpias —malaquita, obsidiana, amatista, el resto de un meteorito que rompió la atmósfera y el oro de los Incas. El libro blanco sobre las piernas del que lee lentamente una fábula de manzanas y prodigios. Ahí está todo: su voz dramática se detiene y comenta, agrega detalles a los viajes del héroe, salta párrafos cuando me aburro, se ríe y se entusiasma con el progreso de la acción. No deja un solo instante contaminarse. Hace calor y el perro está por ahí dando vueltas, arrastrando los pies de cansancio y no entiendo la diferencia entre eso, entre ese perro casi ciego en mi memoria y el que reconoce a su dueño que al fin vuelve. Por las hamacas van creciendo las orquídeas sin que las veamos y hay algo que se ha roto. El ticket sale de la máquina con un crujido verde y entro. Las piedras esperan, inmensas, traslúcidas, brasileñas. Unas brillan como las noches, el cielo despejado de la noche estival, los hielos en el vaso, una voz que murmura algo mientras aprieta con la mano una bolsita. Es de pronto nuestro el secreto, una risa que se siente para decir. Bajar la escalera apurados, conteniendo la respiración. Subir el repecho. Entenderlo.

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