4

Carolina Silva Rodé: Para evitar un error

Los árboles a nuestro alrededor crecen
romboides, y luego giran
Y cambian:
No intentemos predecir el follaje ni el otoño

Mira mi cicatriz que se abre mientras hablo
(Estaba ahí para indicarme silencio)
Y hablo y ella la mira y ve asomarse la punta
bifurcada de una rama
Bifurcada

La herida retrocede mientras se abre,
un viaje en el tiempo de todos mis tejidos
La sangre ya no mana
Y si tuerzo el torso puede seguir creciendo la
rama mientras me abre
Indefinidamente, sin jamás tocarla a ella,
Que ya mira de reojo, recelosa
A nuestros árboles

Sofoco su pavor con una flor grande y húmeda
Le digo lo que yo siento no es
Necesariamente
Lo que pasa

Isabel Retamoso: Actual chorolo / Pudorosa

Estaba todo bien, pero qué horrible los hombres de musculosa y el frío y el sudor pegajoso y la posibilidad de que tuviera novia, y sí, qué iba a decir yo, qué le iba a decir jamás yo con las piernas y los pelos y la porno que venía rebotando hacia horas y los calores que se me estaban subiendo con la conversación que había pasado a ser sobre tensión sexual y entonces pudiendo sentirla, sin saber bien con quién pero totalmente consciente de que estaba ahí, por algún lado, empezando a derretirse de a poco en los asientos y dejándose ser hablada; yo que soñaba despierta con una ducha caliente y una mano tibia pasándome la crema analgésica por las contracturas—antiinflamatorio, analgésico local— y, todo bien, podía aguantar los olores, y el eructo, y el chorizo cantimpalo, y a mi primo repitiendo una y otra vez la palabra chorolo y yo acordándome de la pibita esta, la que le había escrito a mi amigo “vamos a comer esos chorolos” y mi amigo que había fumado tanto porro y que no sabía si era un eufemismo para sexo oral o si realmente decía de ir al carrito de la esquina a comer un actual chorolo, y qué palabra espantosa, solo podía significar eso, ¿no?

*

Y estaba todo bien. Es decir, sí, obvio, sabelo, no me molesta que tengas aliento a mayonesa. Sí, está todo bien, y ontológico endogámico y lo que quieras, la verdad es que sí, tenés razón, sos un tipo muy inteligente, posta, un tipo muy crítico muy críptico, y mientras tanto yo, fa, qué ganas de enamorarse y de que te quieran, qué ganas de estar sentadita en el sofá esperando que pase la repetición del cantimpalo y del vino y de la cerveza añeja; y los pelos y la musculosa y las piernas heladas, pensando en que yo nunca podría generar tensión sexual, porque soy tan dura, o tan blanda, o tan firmemente cobarde; nunca le escribí a nadie vamos a comer esos chorolos, la verdad es que soy muy pudorosa.

Francisco Álvez Francese: Diario de la grève (poema satírico en trece partes y un proemio)

La abuela puso las lentejas en remojo,
se secó las manos en el delantal (primero el revés y después las palmas)
y señaló un punto de sombra más allá de la cocina:
ahí está, me dijo,
el Primer Mundo.
Y yo ansiaba eso: la sangre caliente de los ganados,
como un ruido sordo sobre la pampa o la página,
el murmullo de los ríos o de las procesiones,
la respiración de la computadora cuando se queda quieta.

1

Y alguien murmuró
esto que pasa por el cielo claro (como un relámpago en una tarde estival)
es la eternidad.
Todos dejaron de trabajar al instante
(ruido de herramientas, martillos y lápices,
contra el piso)
y miraron hacia arriba, las manos por viseras,
a la estela brillante que dejó la eternidad,
como Ho-Oh en lo que hay de inalcanzable de mi infancia.
Había que verla pasar:
tenía garras afiladas y, como Ho-Oh en lo que hay de inaclanzable de mi infancia,
plumas brillantes de colores maravillosos.

2

Y todos dijimos,
con la cartebleu bien aferrada:
eso es lo que queremos conquistar.
Pero después cayeron adoquines de los pisos altos
y hubo humo y sirenas y noches sin dormir.
Y hubo la pesadilla inmediata:
¿qué hacemos con los hookups?

3

La maquinita de levantes se puso a contar al revés:
restó los kilómetros y lo dividió por metros
y luego empezó a unir lo incompatible y a disolver lo indisoluble.
Las nudes saturaron las habitaciones transparentes.

4

Pero había un problema: dónde iba la plata en números
por dónde corría, qué camino tomaba cuando había tanta gente ¡tanta gente!
en la calle.
Hombres y mujeres se mudaron a sus hoteles
para poder contestar el teléfono ardiente a todas horas
y las avenidas se llenaron de hojas y bicicletas.

5

Ya se sabe lo que pasa cuando mucha gente se mueve:
las piernas se cansan.

6

Estábamos todos solos.
Nos mirábamos las manos atentamente cuando se estiraban
con un billente doblado
para pagar un café.
Hablábamos bajo, absortos en la nube musical,
intercambiábamos cosas: dábamos y recibíamos
vasos con alcohol, pastillas, vapes, porros, puchos
y un melancólico polvo blanquecino.

7

Estábamos despiertos a toda hora
porque el límite del mundo era claro.
Nos dejamos arrastrar por los museos, indolentes,
swipeando obras, murmurando putain
merde
carajo.

8

Saloperie
decíamos: anulación, bloqueo, silencio. Todo se transmitía
en cintas a rayas
blancas y rojas
cerrando el paso.

9

Pero podíamos entrar por el agujero que se había abierto,
por el espacio del grito que llamaba
con voz de comunero, bajo las sábanas.
Al final, las cosas ciertas no eran sino una postergación de la verdad.

10

Y quién tenía el control de los metros automáticos
y quién dirigía el tránsito de avispas por el bulevar Haussmann
quién encendía las luces navideñas cuando caía la tarde
abría las puertas al norte, al este, al oeste y al sur
quién dejaba pasar a los mensajeros con las manos llenas de cartas y paquetes
quién respondía los emails
recibía a los turistas con los pies cansados
abría la puerta de las embajadas
quién traía café temprano, ponía la mesa, levantaba cajones de manzanas,
empezaba las oraciones, ponía los puntos

11

Pero las cosas siempre (siempre)
se cobraron ellas solas: la plata siempre (siempre)
vivió su vida en sí misma, guardada en cajas imaginarias
o corriendo como una sangre traslúcida.
Siempre fue la esfera perfecta que se hace a sí misma
y a sí misma se consume.

12

Había sólo una cosa tangible:
las bibliotecas eran, cuando abrían,
el paraíso de los creyentes.

13

Y en la estación subíamos escaleras desconcertados
perseguíamos trenes
tímidos
doblábamos abruptamente, para chocar con otro cuerpo,
el cuerpo de otro que se volvía tan real de pronto como el fuego en la televisión
como el vidrio roto de una tienda
como el gran cartel que decía “Es tanta la mierda
que ya no sabemos
qué escribir”.

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